Se van los buenos, nos quedamos los malos

En 1987 tuve la fortuna de conocer y charlar con un gran personaje: Enrique González Pedrero.

Fue en el viejo edificio priísta.

En su oficina, dónde regaló tiempo a un imberbe reportero del semanario Quehacer Político.

Afable siempre, el respetado intelectual y político progresista, abrió espacios en su agenda para recibirme y tolerar mis dislates.

Gracias a sus pláticas, me publicaron algunos medios un reportaje y artículos que en la hemeroteca están.

Me siguen marcando sus ideas sobre la geopolítica.

Lo que en un piso del vetusto edificio priísta en Insurgentes, Distrito Federal entonces, me expuso, ahí van.

No tengo registro actual de su esposa, la prestigiada universitaria Julieta Campos, pero a sus seres queridos les comparto mi pena por está pérdida.

Agrego: fue pilar en la formación política de AMLO.

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