La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca no es una buena noticia para los migrantes, principalmente para los mexicanos.
Hasta el 5 de febrero de este año, la administración federal ha deportado a cuatro mil 745 hombres y mujeres sin permiso de trabajo. Cuatro mil 94 de ellos, mexicanos.
Omito el describir a todos aquellos que buscan el sueño americano como “ilegales”.
El ser humano no es ilegal en ninguna nación.
Es arcaico, clasista y xenófobo por donde se vea.
Estoy al pendiente del tema migrante en Estados Unidos porque soy de familia migrante y por un buen tiempo viví en Estados Unidos.
Afortunadamente mi familia es ciudadana con todos los derechos y obligaciones que le confiere la Constitución gringa.
Sin embargo, a pesar que viven en un estado santuario como es California, han vivido en carne propia la discriminación y agresiones por el simple hecho de hablar en castellano.
“Indios, go home”, gritan en tu cara los idiotas supremacistas, con la impunidad que les da que llegara al poder un oligofrénico como es Trump.
Cuando viví en la Unión Americana, algunas veces, principalmente aquellos grupos considerados “white trash”, me esperaton el insulto.
Aunque hacía cara de “botellita de vinagre”, no deja de sentirse de la chingada no poderlos encarar para que se traguen sus palabras.
Para nosotros, era parte del precio que teníamos que pagar para vivir invisibles, en trabajos que muchos güeros allá no quieren porque los consideran humillantes y mal pagados.
Muchos de nosotros, los que tenemos la fortuna de vivir en nuestro país de origen, no dimensionamos el problema de ser deportados por la migra y, de golpe y porrazo, destruyen nuestras vidas.
Hoy -me disculpo por hablar en primera persona- me tocó vivir en carne propia un episodio de uno de los más de cuatro mil paisanos deportados y que, afortunadamente, demostramos que los mexicanos somos grandes cuando se trata de solidaridad.
Este sábado estuve en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México por temas personales.
Salí temprano de Querétaro porque tuve días antes una mala experiencia que nos jugó la autopista 57, que acudiendo a una rueda de prensa en el Senado, me quedé atrapado en un bloqueo y dos accidentes, resultando estar en el autobús por más de nueve horas.
Huelga decir que no llegué a tiempo a la rueda de prensa.
Al contrario de ese día, no sufrí de bloqueos y era fin de semana. Por ello llegué con tiempo de sobra, cinco horas antes de la indicado.
Me senté para trabajar un rato en la Laptop.
Como es usual, todos estábamos en nuestros temas, la mayoría viendo sus celulares, sin preocuparse de su alrededor.
En la mesa de mi izquierda, llegó una pareja.
El hombre, había perdido su vuelo a La Habana, Cuba, porque se había vencido su visa y aunque la pudo renovar en línea, no llegó a tiempo la confirmación y no le quedó más remedio que reprogramarlo para dentro de dos días.
Su acompañante, una mujer de alrededor de 70 años, hablaba de la situación política de Veracruz. Se escuchaba ducha en los temas politicos y daba sus puntos de vista con el apasionamiento que da ser de la costa.
Ella estaba esperando su vuelo para regresar a su tierra, horas más tarde.
Más alla del saludo amable, no hubo platica alguna.
Ellos en su charla y yo, subiendo información a la página de sinpermisoqro.mx
Minutos después, llegó un hombre de mediana edad, blanco, con cubrebocas, en pants y una playera que, observando detenidamente, estaba manchada de aceite.
Se sentó en la mesa de mi lado derecho.
No me queda claro como inició la conversación entre mis vecinos, pero levanté la mirada y tomé atención cuando el de la derecha dijo con pesar: “Vengo de la Florida, me deportaron porque la migra llegó a la fábrica donde trabajaba”.
Tomé atención.
Narró que de prontó llegaron los agentes de migración y sin ningún respeto, solo lo esposaron y lo subieron a la camioneta.
“Ya me agarraron. Solo déjenme ir a la camioneta que está ahí porque tengo un poco de dinero”, les pidió, pero por supuesto los agentes no se lo permitieron.
Nos acercamos para escucharlo.
“Un maletero me prestó su cable para cargar mi celular”. En ese momento noté que estaba sentado sin vaso de café alguno.
“Soy de Michoacán. Nomás nos subieron al avión y nos mandarón para acá. Los últimos que estaban conmigo -de Chiapas-, ya vinieron sus parientes por ellos. Pero yo no tengo aquí amigos y me mandaron 800 dólares para irme con mis hermanos, pero no puedo sacarlos porque me piden un INE y tengo 15 años viviendo en Florida. Tengo esposa y tres hijas, pero no tengo como irme”.
Se me hizo un nudo en la garganta. Estas historias de horror ya las había escuchado, vivido. No hay peor castigo para cualquier ser humano que separarlo de sus seres queridos.
Ya platicaba el deportado con la impotencia de no saber que hacer.
“Tengo dos días en el aeropuerto. No he comido. Nomás estoy cargando el celular para salir a ver si encuentro un Car Wash, para trabajar, para echarme algo a la panza y juntar, pues me cuesta el pasaje a Michoacán 600 pesos”, agregó, confesándose con nosotros, los desconocidos.
Como si nos hubieramos puesto de acuerdo, sacamos nuestras carteras. Yo fui el primero que le dio unos pocos pesos y el que había perdido su vuelo a La Habana, también le dio algo. Se los dí para que se echara un taco, el otro fue para que juntara para su pasaje.
La señora se acercó y le dio mil pesos: “le doy esto para que agarre pasaje y regrese a su tierra”, le manifestó.
El hombre, con cubrebocas, no pudo impedir que se le salieron las lágrimas. Tenía ganas de abrazarnos, pero solo quedó en un apretón de manos y que le desearamos suerte.
“¡Me voy para agarrar el bus! ¡Muchas gracias! ¡Qué Dios los bendiga!”, susurró con la pena de no saber como agradecer.
Agarró camino casi corriendo, huyendo de la pesadilla que, hasta hace unos momentos, sufría.
Como si fuera algo cotidiano, solo dijimos “Si no estamos para ayudarnos, no somos mexicanos”.
La señora fue más explícita: “Gracias a Dios que tengo pensión. Fui Senadora”.
Me sorprendió el comentario tan cotidiando. No tuve el tino de preguntar su nombre para saber la identidad de un ser humano tan generoso y empático.
Un trío de desconocidos nos solidarizamos con un desconocido en desgracia.
Pero es la marca registrada del mexicano y la mexicana: ser solidarios, orgullosos de nuestra identidad y siempre al pie del cañón.
Esta experiencia fue única.
Lo digo así: no hay mayor orgullo que ser mexicano porque somos hechos de la mejor madera y del más fino barniz.
Y de esta pequeña anécdota, pinta a México.
¡Viva México, hijos de la chingada!