¿Qué tan mecanizados estamos?

Francisco Ayala Estrada

Llevamos una vida mecanicista, tenemos hábitos que repetimos incesantemente; y nuestros hábitos son los mismos de siempre, no los cambiamos: nos levantamos a tal hora, comemos determinados alimentos, nos acostamos a otra hora; el carril del trabajo es el mismo; decimos lo mismo que siempre, es decir, SOMOS ENTES totalmente MECÁNICOS, no tenemos conciencia de nosotros mismos.

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos, para dónde vamos? ¿Cuál es el objeto de nuestra existencia? ¿Por qué existimos, para qué existimos? Nada sabe el pobre “animal mecánico” y eso es doloroso.

Ya ven ustedes la fuerza que tiene la Luna: ella produce las altas y las bajas mareas; la Luna hace que en creciente, la savia de los vegetales ascienda hasta la parte superior del árbol; en menguante, la savia tiende hacia las raíces.

La Luna, ya sea que esté nueva o en creciente, o en llena, o en menguante, influye sobre nosotros, Si se cortan las maderas en menguante, tienen un resultado; en creciente, otro resultado. Los antiguos sembraban en menguante, porque así sabían que podía la madera ser mejor, los frutos mejor, etcétera. En creciente, todo tiende a crecer, a subir, a ascender… Ha llegado la hora de ir comprendiendo todas estas cosas.

Y es desaparecer esa influencia mecánica fatal que cargamos en nuestro interior.

Así que existen dos tipos de humanidad. A la una la llamaríamos la “HUMANIDAD MECÁNICA” y a la otra la llamaríamos la “HUMANIDAD CONSCIENTE”.

El primero, es el hombre meramente instintivo, mecanicista; en él predominan los centros del instinto y el mecánico o motor.

El individuo emocional; un individuo que se mueve en el mundo de las emociones inferiores, de las pasiones, de los deseos animales, etcétera. El hombre meramente intelectual; el hombre que está razonando todo el día, toda su vida, que fundamenta todas sus actividades, exclusivamente en el centro intelectual. Derivandose de ello una “Confusión de Lenguas”; el intelectual no entiende al hombre emocional; el instintivo, no entiende al emocional; el emocional no entiende al intelectual.

Ahí hay confusión de lenguas, nadie entiende a nadie. El hombre intelectual dice una palabra y aquél otro lo escucha a su modo; si un hombre intelectual afirma algo y se lo dice a un hombre emocional, el hombre emocional no entenderá al intelectual: Interpretará las palabras del intelectual de acuerdo con sus emociones, les dará una traducción completamente diferente.

A su vez, el hombre instintivo, cuando dice algo, el intelectual lo escucha a su modo, lo interpreta de la manera que le parece que es correcta. El emocional no podría entender tampoco al instintivo; cuando afirma algo el instintivo, no lo entiende.

Así hemos provocado las grandes guerras en el mundo; la Primera y Segunda Guerra Mundial,
La confusión, el problema de la humanidad.

Obviamente, viene una GRAN CATÁSTROFE que se encargará de hacerle esa operación quirúrgica a la humanidad: De apartar las “ovejas” de los “cabritos” (así está escrito).

Nosotros debemos empezar por ABANDONAR LAS AUTOCONSIDERACIONES, EL AUTOSENTIMENTALISMO.

Cuando uno se quiere mucho a sí mismo, cuando se considera demasiado, cuando está lleno de autosentimentalismos, suspiros, congojas, tristezas, etcétera, por lo común odia a sus semejantes; es decir, cuanto más se ame uno a sí mismo, cuanto más piedad sienta uno de sí mismo, tanto más odiará a todos aquéllos que le rodean.

No quiero decirles a ustedes que uno debe llegar a ser masoquista; no, pero sí quiero decirles que uno debe reconocer sus propias imperfecciones, uno debe aceptar que es una criatura mecánica, que la vida de uno se mueve sobre los carriles de los hábitos, de las costumbres adquiridas; uno debe aceptar que está lleno de celos, de rencores, de resentimientos espantosos.

SACRIFICIO POR LA HUMANIDAD; pues si somos egoístas, si no trabajamos por nuestros semejantes, si no levantamos la antorcha en alto para iluminar el camino de otros, no progresaremos; el egoísta… por muy pietista que sea, no realizará progresos en diversos ámbitos como política, magisterio, religión y en si todo lo concerniente a la sociedad.

Así que, amigos, tenemos tres factores: morir, nacer y sacrificarse por la humanidad.

Si por ejemplo, dejamos nosotros de querernos a sí mismos, en eso hay sacrificio; pero tenemos una marcada tendencia a amarnos demasiado, el Yo del amor propio existe en nosotros, eso es obvio, y dejar uno de quererse a sí mismo, implica sacrificio.

Para dejar de quererse a sí mismo, tiene uno que aprender a RECIBIR CON AGRADO LAS MANIFESTACIONES DESAGRADABLES DE NUESTROS SEMEJANTES.

¿Ustedes son capaces, acaso, de recibir con agrado las palabras de un insultador? ¿Estarían ustedes seguros de sonreír ante el que les ha abofeteado el rostro? ¡Seamos sinceros consigo mismos! ¡Debemos cambiar y esto solamente es posible a base de sacrificios! Recibir con agrado las manifestaciones desagradables de nuestros semejantes, implica sacrificio; dejar a un lado la autoconsideración, el autosentimentalismo, es sacrificio.

Por lo común, siempre se protesta contra los que nos hieren con la palabra y es un error protestar. La persona que nos está hiriendo, nos está dando una nueva oportunidad extraordinaria: Nos está brindando nada menos que un GIMNASIO PSICOLÓGICO, mediante el cual es posible aprender a recibir con agrado las manifestaciones desagradables de nuestros semejantes.

¿Qué sería de nosotros si no existieran los insultadores? ¿Dónde nos entrenaríamos, en qué lugar?, Sí, nosotros necesitamos que nos hieran, que nos insulten y hasta que nos abofeteen; pero lo importante es aprender a recibir con agrado todas las ofensas; si uno descubre que tiene el Yo de la ira, va a tener que trabajar con ese Yo de la ira: Habrá que comprenderlo íntegramente.

De manera que los insultadores son útiles; eso es obvio. ¿Y qué diremos de los celos? Si uno logra destruir los celos en sí mismo, no solamente los celos pasionarios, sino los celos religiosos, los celos políticos, etcétera, pues habrá dado un gran paso.

Tiene uno que declararse enemigo de sí mismo: De sus autoconsideraciones, de sus autoalabanzas, de los miedos secretos; tiene uno que independizarse de los celos, del orgullo, de la vanidad.

Empero, NO HAY QUE CONFUNDIR UNA BAJADA CON UNA CAÍDA. Obviamente, aquéllos que no han llegado a la iluminación, confunden muy fácilmente una caída con una bajada; eso es obvio.

Esos son los que en el movimiento dicen: “El Maestro tal está caído, el hermano tal se cayó”, y echan a volar las lenguas sin conocimiento de causa.

Seamos severos pero sobre todo concientes y con razocinio para lograr que un país como México sea un protagonista positivo y de éxito.

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